Los pueblos originarios: entre la opresión y la interculturalidad
SEGÚN GONZALO AGUIRRE BELTRÁN, el movimiento indigenista en México básicamente ha
sido integrativo en lo referente a la consolidación nacional y ha expropiado los símbolos
de las comunidades sometidas, propios de sus respectivas cosmovisiones, para incorporarlos
a los parámetros instituidos por la mayoría dominante (1983, 290). De esta forma,
los derechos inalienables de los pueblos indígenas, como el respeto a su tierra y
entorno, sus tradiciones, así como a la comunicación cabal en su lengua materna -mediante
la cual se replican los contenidos culturales de cada grupo étnico- han estado continuamente
diluidos y constreñidos a espacios físicos y momentos concretos.
Actualmente, se han intentado reivindicar los plenos derechos de las minorías indígenas
inscritos en el artículo 2º, inciso IV, de la Constitución de la siguiente forma:
“Preservar y enriquecer sus lenguas, conocimientos y todos los elementos que constituyan
su cultura e identidad”;1 sin embargo, dichos propósitos no se han alcanzado, entre otras cuestiones, por la
predominancia del imperialismo cultural y lingüístico, el cual ha sobrevivido hasta
hoy, es decir, por la imposición ideológica y lingüística del grupo dominante.2 Por lo tocante a esta última, desde el siglo XVI, la Corona española privilegió el
empleo de la lengua general del imperio en los nuevos territorios conquistados aun
cuando los frailes, principal pero no exclusivamente franciscanos, insistieran en
la necesidad de emplear los idiomas originarios, como el náhuatl, el cual funcionaba
en su calidad de lingua franca con el objeto de facilitar su empresa evangelizadora. Para lograrlo, además del dominio
oral de la lengua que llegaron a tener varios miembros de las órdenes mendicantes,
se inició un amplio trabajo de codificación mediante la creación de cartillas en alfabeto
latino, gramáticas y vocabularios, los cuales solían acompañarse de obras doctrinales;3 no obstante, “la meta de la Corona fue siempre, en un afán simplificador destinado
a administrar mejor las inmensas poblaciones que caían bajo su dominio, extender en
toda Mesoamérica la lengua, las costumbres y las instituciones de Castilla” (Baudot 1983,103).
Los grupos indígenas han vivido, de este modo, una situación de opresión y dominio
sin haberse modificado con la independencia, la Revolución, e inclusive, con el cardenismo,
aun cuando se esgrimiera como objetivo la recuperación del legado ancestral. De este
modo, la población originaria ha continuado siendo sometida durante siglos; sin embargo,
las tradiciones indígenas y sus lenguas no fueron eliminadas completamente pues, de
haber ocurrido así, las culturas milenarias del territorio mesoamericano hubieran
desaparecido y, como afirma Garzón López, sería imposible vindicar un conocimiento
subalterno desde la “diferencia colonial” (2013). La concepción occidental, según
este autor, ha generalizado su marco cognitivo y valorativo lo cual ha implicado la
colonialidad del ser y del saber y, con ello, la creencia de la existencia de una
sola manera de conocer el mundo a partir de un determinado razonamiento y de una lengua
y cultura hegemónicas; por tanto, las otras formas de concebir el universo y de manifestarse
lingüísticamente resultan inviables desde la perspectiva dominante. Los pueblos originarios,
así, han sido silenciados desde la colonia y este estado de opresión y exclusión se
ha replicado hasta la fecha (Garzón López 2013, 307-309).
La realidad variopinta de México ha hecho que los especialistas en el tema ahonden
y maticen en los conceptos de multi e interculturalidad como el reconocimiento de
grupos de distintos orígenes étnicos y procedencias conviviendo en un mismo espacio
geográfico con “respeto y aprecio mutuo [en una relación] mutuamente enriquecedora,
horizontal, desde posiciones de igualdad. Esto es lo que cualifica la interculturalidad”,
como explica Sylvia Schmelkes (en Levinson 2008, 209). Asimismo, han venido insistiendo en la necesidad de intensificar la valoración
y el aprecio a la diversidad cultural para lograr desarticular las asimetrías sociales
y económicas entre la población indígena y no indígena; sin embargo, por desgracia,
continúan vigentes los prejuicios y actitudes racistas de segregación.
Para Gunther Dietz (2017), la interculturalidad se explica como el conjunto de interrelaciones conformando
una determinada sociedad según la cultura, la etnicidad, la lengua y la denominación
religiosa contraponiéndose en los diferentes grupos como “nosotros” versus “ellos”, los cuales, a su vez, se definen en términos de mayoría-minoría. Frecuentemente,
estas relaciones son inequitativas en lo referente al poder político y socioeconómico
establecido, y suelen reflejar las formas históricamente asentadas de visibilizar
o invisibilizar la diversidad, así como la discriminación de grupos específicos. En
contraste con este concepto alternativo de multiculturalidad, Dietz advierte:
La interculturalidad como no hace tanto énfasis en la composición internamente diversa
de la sociedad, ni en su segmentación en diferentes grupos, como lo sugeriría el enfoque
multicultural; la perspectiva intercultural enfatiza no la composición de los grupos,
sino el tipo y la calidad de las relaciones intergrupales dentro de una sociedad.
Por lo tanto, aquí no se distingue a la minoría de la mayoría en términos demográficos
ni cuantitativos, sino en términos de poder -el poder de definir quién pertenece a
una mayoría y quién es estigmatizado como minoría-. (Dietz 2017, 193)
Los esfuerzos por comprender desde la teoría los conceptos que distinguen nuestra
pluralidad como nación y desde la práctica las acciones instrumentadas para paliar
las desigualdades se observan también con el reconocimiento de las lenguas indígenas
-alrededor de 68, las cuales pertenecen a 11 familias-.4 Así se establece en el decreto por el cual se crea la Ley General de los Derechos
Lingüísticos de la Población Indígena y en la reforma de la facción IV del artículo
7º de la Ley General de la Educación, que reza:
Las autoridades educativas federales y de las entidades federativas garantizarán que
la población indígena tenga acceso a la educación obligatoria, bilingüe e intercultural,
y adoptarán las medidas necesarias para que en el sistema educativo se asegure el
respeto a la dignidad e identidad de las personas, independientemente de su lengua.
Asimismo, en los niveles medio y superior, se fomentará la interculturalidad, el multilingüismo
y el respeto a la diversidad y los derechos lingüísticos. (Diario Oficial de la Federación 2003)
También, mediante el surgimiento de nuevas instituciones como la Coordinación General
de Educación Intercultural y Bilingüe (CGEIB) en 2001, dependiente de la Secretaría
de Educación Pública, y cuyo objetivo se centró en incentivar, coordinar y evaluar
el respeto a la diversidad cultural y lingüística; asimismo, en el año 2005 se fundó
el Instituto Nacional de las Lenguas Indígenas (INALI), cuya misión hasta la fecha
está orientada al fortalecimiento de una sociedad equitativa y plural mediante la
construcción de políticas públicas en lo tocante al pleno derecho lingüístico y de
uso de las lenguas indígenas nacionales, entre otras.
Según Beatriz Garza Cuarón (1997,10), las políticas deben entenderse como las acciones gubernamentales o estatales, las
cuales se articulan con el objeto de respetar los derechos de las minorías, pero también
aquellas que llevan a cabo los ciudadanos. Considera que entre los años 70 y 90 un
buen número de pueblos indígenas han venido luchando por un reconocimiento oficial,
como el de recibir una educación en los distintos niveles, impartida en su propio
idioma, así como en otros espacios. Esto es lo que ha ocurrido justamente en la región
de Santa Ana Tlacotenco, uno de los doce pueblos originarios localizado en Milpa Alta,
en el sureste de la Ciudad de México. Desde hace algunas décadas, maestros normalistas
y habitantes de la comunidad han defendido sus costumbres ancestrales y el empleo
del náhuatl mediante diferentes estrategias, las cuales no siempre han sido respaldadas
por las autoridades en turno. Aunque más adelante nos referiremos concretamente al
caso, vale la pena adelantar aquí los persistentes esfuerzos en este sentido a través
de la organización de las llamadas “nechicoliztlis” o reuniones celebradas en la plaza
principal del pueblo, en las cuales han participado estudiosos de la Universidad Nacional
Autónoma de México y de otras instituciones educativas de México y el extranjero.
Con ellos y con los habitantes de Santa Ana Tlancotenco, durante la década de los
años 80 y 90, se sostuvo un diálogo en náhuatl y español en el cual se recordaba su
historia y la manera en la cual continuaban vigentes sus costumbres y tradiciones.
Aunado a esto, se abrieron espacios académicos como el Seminario de Cultura Náhuatl
a cargo del licenciado Francisco Morales Baranda, oriundo de la región, y la creación
de la Academia de la Lengua Náhuatl, la cual sigue en funciones y donde se reflexiona
sobre las características incorporantes de su lengua y sobre la creación literaria
practicada por algunos de sus miembros. Pero la defensa de esta comunidad indígena
también se observa en la preservación de su entorno, de su región, tal y como sucede
en otras más a lo largo del territorio nacional. Los montes comunales localizados
al sur de esta alcaldía cuentan con una superficie aproximada de 17 mil 944 mil hectáreas
de bosque en copropiedad con nueve pueblos, entre los que figuran Santa Ana. Los guardianes
del bosque, comuneros y brigadistas, vigilan, reforestan y protegen el ecosistema
ante la tala ilegal y los incendios (Quintana Ordaz 2022).
Hemos comentado antes que las acciones en favor de la reivindicación de los derechos
a la preservación y al mantenimiento de la cultura y lengua indígenas pueden ser a
través de los ciudadanos o de las políticas públicas instrumentadas por el gobierno.
Aquí, nos referiremos a estas últimas para dar paso al análisis de caso que nos hemos
propuesto abordar. Una de las medidas que han venido adquiriendo mayor fuerza es la
consolidación de una educación intercultural bilingüe5 de calidad con reconocimiento cultural y lingüístico para los pueblos indígenas desde
el nivel prescolar hasta el profesional, pero también la viabilidad de la educación
intercultural para toda la población en el marco pluricultural contemplado en la Constitución.
No obstante, como advierte Rebeca Barriga (2018, 50-51) el concepto de interculturalidad es ajeno a la mayoría de los profesores que lo deben
instrumentar y, desde la política lingüística oficial, se contempla en forma unilateral
centrada en las comunidades indígenas, dejando al grueso de la población fuera de
ella; la interculturalidad debe implicar la participación de todos los actores de
la sociedad. Asimismo, el término bilingüismo resulta irreal y asimétrico debido a
la evidente predominancia del español. En las escuelas de educación básica denominadas
interculturales bilingües, enclavadas en las comunidades indígenas, se destinan muy
pocas horas a la enseñanza de la escuela materna, y en la educación media superior,
incluso, se contempla únicamente como materia optativa, según veremos más adelante.
Esta situación empeora, según Barriga Villanueva, en las escuelas urbanas al acoger
un número creciente de población indígena migrante de diferentes procedencias culturales
y lingüísticas, donde se ignora la diversidad, se impone el español y se impide así
la posibilidad de rescatar y construir saberes a través de su lengua materna; lo anterior
se debe a que una buena parte de los profesores, padres, y los propios alumnos consideran
al español como la lengua nacional más prestigiosa y, por ende, el instrumento mediante
el cual logran el acceso a una vida con mayores retribuciones sociales y económicas.
El caso de Santa Ana Tlacotenco, Milpa Alta
Como ya se dijo anteriormente, la alcaldía Milpa Alta está conformada por doce pueblos
de estirpe náhuatl, los cuales, desde tiempo inmemorial, han venido hablando y conservando
su lengua como medio de comunicación entre sus habitantes. Es la última región de
la hoy Ciudad de México donde se habla una lengua indígena desde la época prehispánica
de manera ininterrumpida. Según el censo del INEGI 2020, la población de 3 años y más que habla una lengua indígena en Milpa Alta fue de
4 mil 242 personas, correspondiente al 2.78% del total de la población, ubicándose
como la alcaldía con el mayor número de hablantes en relación con el número total
de su población.6
En diversos momentos de las últimas dos décadas del siglo pasado, los habitantes de
Milpa Alta solicitaron el impartírseles la enseñanza de la lengua mexicana, como se
conoce también, en las escuelas de educación básica de la región. La respuesta fue
negativa, pues a decir de las diferentes instancias de gobierno, Milpa Alta no ha
sido considerada como región indígena y, por tanto, no ha tenido cabida dentro de
la Dirección General de Educación Indígena (DGEI) de la SEP; en este sentido, se le
ha ofertado educación general como al resto de las escuelas de la Ciudad de México,
pese a contar con elementos culturales necesarios para ser considerada como una alcaldía
integrada por pueblos indígenas, y a pesar del empleo de la lengua nativa, elemento
tenido en cuenta como definitorio para caracterizar a una comunidad como indígena.
La solicitud anterior a las autoridades de la SEP deriva de una toma de conciencia
por parte de algunos jóvenes normalistas, quienes habían notado el fuerte desplazamiento
de la lengua materna por el español. Sobre ello nos dice Librado Silva:
Hace muchos años, cuando apenas dejábamos atrás los ensueños de la adolescencia, un
grupo de jóvenes nos reuníamos en el centro de nuestro pueblo natal, en tardes soleadas
o intensamente frías para hablar, algunas veces con alegría y otras más con escepticismo,
de lo que a nuestro alrededor o en otros lugares venía ocurriendo […] como nos percatamos
de quienes tenían a su cargo la realización de los programas escolares de la educación
primaria, que por entonces se recibía allí, se desentendían o de plano no mostraban
ningún interés por la cultura de nuestros pueblos indígenas […] No puedo decir, porque
ello sería una exageración, que nosotros, adolescentes, viéramos con ojo crítico lo
que a nuestro alrededor ocurría […]. (Silva Galeana 2005, 389)
Varios nahuahablantes, algunos con profesión, desde la década de los años 60, organizaron
actividades culturales para fortalecer la identidad de los pueblos de Milpa Alta como
festivales comunitarios en los cuales se empleaba la lengua náhuatl. Pero no sería
sino hasta la década de los años 70, cuando crearon un colectivo comunitario denominado
Círculo Social y Cultural Ignacio Ramírez,7 el cual inició la publicación de un periódico bilingüe Nezcaliliztlatoani (1975), mimeografiado, con un tiraje mensual muy corto, incluyendo ciertas notas
en náhuatl sobre la vida cotidiana de la región.
Estos jóvenes diseñaron actividades de manera más planificada con el propósito de
ir empleando y fortaleciendo el uso del náhuatl. Con la publicación del periódico
y la reflexión sobre su progresivo desplazamiento por el español y el hecho de que
aquél solo se utilizaba en los espacios de mucha confianza como el hogar y el campo
-pero no en espacios públicos abiertos como la plaza, la iglesia o el mercado- se
tomó la determinación de que las actividades culturales del Círculo Ignacio Ramírez
fuesen bilingües e incluso se iniciaron los concursos de declamación en náhuatl, conocidos
como ‘Nezahualcoyotl’.
Los profesores participantes de estas actividades culturales y editores del periódico
Nezcaliliztlatoani se percataron de la dificultad que entrañaba escribir en su lengua materna, por lo
cual acudieron al doctor Miguel León-Portilla, por aquel entonces director del Instituto
de Investigaciones Históricas de la UNAM y coordinador del Seminario de Cultura Náhuatl.
También estaban conscientes de que las generaciones pertenecientes a las décadas de
los años 60 y 70, y cuya lengua materna era el español, ocasionalmente utilizaban
el náhuatl como segunda; y muchos más ya no entablaban un acercamiento comunicativo
con esta, pues solo empleaban de manera aislada algunas palabras.
En estos años, otros acontecimientos fortalecieron la identidad étnica regional. La
fábrica de papel Loreto y Peña Pobre había comenzado a devastar el bosque, propiedad
comunal de los milpaltenses, lo cual provocó que los campesinos nahuas de la región
encabezados por nahuahablantes de Tlacotenco iniciaran la defensa de sus tierras y
bosques comunales.8 También durante las décadas de los años 70 y 80, los pueblos de Milpa Alta, y en
particular Santa Ana Tlacotenco, fueron visitados por diversos investigadores mexicanos
y extranjeros.9 Tlacotenco dio cobijo a personas deseando aprender tanto su lengua como su tradición
oral, costumbres, creencias, etc., pero se topaban con una realidad: la lengua nativa
se usaba cada vez menos en los espacios públicos y su empleo se restringía al campo
y al ámbito familiar.
En el año de 1987, y con la asesoría académica de León-Portilla, se realizó Inic cente Nahuallahtol Tlacanechicoliztli Mexihcatlalpan, el Primer Encuentro Nacional de Nahuahablantes en Santa Ana Tlacotenco,10 con la presencia de nahuahablantes procedentes de diversas partes de México (Guerrero,
Veracruz, Hidalgo, Puebla, San Luis Potosí, etc.) y de docentes e investigadores de
diversas universidades de México y el mundo, particularmente de la UNAM, quienes,
convocados por el Dr. Miguel León-Portilla, asistieron a conversar con la comunidad
nahua-campesina de la región de Milpa Alta, y particularmente la de Tlacotenco, para
intercambiar experiencias en torno a la lucha por la revitalización lingüística en
diferentes regiones del país.
Con estos encuentros de nahuahablantes (nechicolistlis), el uso de la lengua indígena se intensificó y por ello se tomó la iniciativa de
demandar su enseñanza en las escuelas primarias de la región a las autoridades de
la SEP. A través de la intermediación del Dr. Miguel León-Portilla y del secretario
de Educación Pública, el Dr. Ernesto Zedillo Ponce de León, en el año 1991, se logró
una reunión con el oficial mayor de dicha dependencia, en la cual un grupo de profesores
nahuahablantes de Tlacotenco, le explicaron la intención de enseñar su lengua en las
escuelas primarias y jardín de niños de la región, sobre todo en Santa Ana. El entonces
oficial mayor consideró adecuada la idea y dio instrucciones para que un grupo de
maestros fuera comisionado por la SEP y comenzara a trabajar en la elaboración de
las lecciones correspondientes para el siguiente ciclo en las primarias de Santa Ana
Tlacotenco. Finalmente, la petición había sido escuchada, y se iniciaron las clases
en la escuela primaria Francisco del Olmo, en los turnos matutino y vespertino. Un
horizonte luminoso se abría ante la mirada indígena de los tlacotenses.
La felicidad duró solo unos cuantos meses, pues con el cambio de secretario en la
SEP, un nuevo oficial mayor ocupó el cargo y los compromisos de corte comunitario,
los cuales se habían generado, fueron desestimados y los profesores comisionados tuvieron
que regresar a laborar otra vez en la educación básica, en ocasiones alejándolos incluso
de sus antiguos espacios de trabajo. Con la anterior administración ya se habían logrado
concluir los programas, se tenían diseñadas varias lecciones para la enseñanza de
la lengua náhuatl en la variante regional, pero no se había tenido la oportunidad
de aplicarlas en el aula frente a los niños.
Ante esta situación, se propusieron otras soluciones como la creación de talleres
sabatinos para la enseñanza de la lengua náhuatl a niños de la región en la escuela
primaria de la localidad. Se invitaron a los pequeños y sus familias a participar,
y se conformaron varios grupos con jovencitos de diferentes edades. Las instalaciones
de la primaria se usaron de manera clandestina, mediante un acuerdo de palabra con
los directores de la escuela y con el silencio de la conserje, la cual permitía el
acceso de manera discrecional todos los sábados. Las clases duraron cerca de dos años
hasta que las autoridades SEP de la región, se percataron y llamaron la atención a
los directores, cancelando el uso de las instalaciones educativas. No contando con
espacios adecuados para las clases y con varios grupos de estudiantes organizados,
estas fueron suspendidas.
No obstante, durante este tiempo se fortalecieron los certámenes nacionales de declamación
en náhuatl para niños, los cuales se han venido realizando de manera ininterrumpida
hasta la actualidad. Asimismo, se propició el interés en varios de ellos por el aprendizaje
de la lengua náhuatl y su participación activa en los eventos. Los maestros nahuatlatos
tampoco doblaron las manos y continuaron insistiendo ante las autoridades de los diferentes
órganos de gobierno sobre la necesidad de instaurar la enseñanza de la lengua indígena
en las escuelas y en los talleres comunitarios destinados a los pobladores de la región.
Durante la década de los años 90, siguieron realizándose los Nahuallahtol Tlacanechicoliztli Mexihcatlalpan; estos eventos fortalecieron la idea de la importancia del náhuatl y su enseñanza
en la comunidad. Además, propiciaron su revitalización mediante actividades como teatro,
creación literaria, talleres de cuenteros, publicaciones de libros en náhuatl, por
mencionar algunas.
Con el proceso democratizador del año 2000, por vez primera se eligieron a los futuros
‘jefes delegacionales’ para cada circunscripción. Los candidatos de los partidos políticos
incluyeron dentro de sus planteamientos de trabajo la revitalización lingüística del
náhuatl en los pueblos de Milpa Alta; sin embargo, no destinaron las correspondientes
partidas presupuestales para su puesta en marcha; en sus proyectos estaban contempladas
acciones, no concretadas en la realidad, pues no se dispusieron recursos económicos
para ello. Los gobernantes (a veces del PRD, otras del PRI) no asumieron el compromiso
de generar, con las instancias educativas respectivas, los convenios pertinentes para
la enseñanza de la lengua indígena en las escuelas, solo en algunas casas de la cultura
y centros sociales delegacionales se abrieron talleres de lengua náhuatl, impartidos
por algunos maestros de la región, mas nunca al amparo de un proyecto consistente,
únicamente bajo la premisa de cumplir con una demanda comunitaria enunciada durante
su campaña política.
En el mes de diciembre del año 2000, el jefe de gobierno, el licenciado Andrés Manuel
López Obrador, anunció que se construirían preparatorias en cada delegación,11 en zonas de alta marginación con programas curriculares, los cuales respondieran
a las necesidades sociales y culturales de las comunidades y en donde se encontrarían
establecidas escuelas de nivel medio superior; la propuesta se declaró en los siguientes
términos:
Cada plantel tendrá la responsabilidad de atender también, si el caso se presenta,
a necesidades específicas que se deriven del contexto físico, cultural y social o
de los antecedentes históricos de la zona y desarrolle en los jóvenes la capacidad
intelectual y moral de analizar y comprender esta realidad, y la fortaleza de carácter
necesaria para modificarla en un sentido constructivo […]. (Gobierno del Distrito Federal 2005, 8)12
Tras este anuncio, de inmediato la comunidad nahua de Tlacotenco se activó. Se solicitó
a la jefa delegacional, Guadalupe Chavira de la Rosa, proponerse a través de su conducto
a la jefatura de gobierno, la construcción de una escuela preparatoria en Santa Ana
Tlacotenco. Para ello se le presentaron posibles espacios donados donde fincar dicha
escuela. Sin embargo, los predios propuestos no cumplían con los requisitos mínimos
para construirla por lo cual, en asamblea comunitaria, la población se organizó y
comenzó a recaudar dinero entre los pobladores para comprar un predio de acuerdo con
los requerimientos del proyecto. La idea se ‘politizó’, los partidos políticos usaron
la recaudación comunitaria para denostar al gobierno de la Ciudad el cual, haciendo
uso de sus atribuciones, anunció en voz de su titular que la preparatoria se construiría
en San ta Ana Tlacotenco, y que la jefatura de gobierno compraría el terreno ofertado
por la población.
La población de Tlacotenco estaba feliz con la decisión respecto a la nueva preparatoria,
la cual pertenecería al Instituto de Educación Media Superior (IEMS). Para darle seguimiento
a este proyecto, la comunidad nombró una comisión para estar al pendiente de sus avances
materiales y académicos. Esta comisión pidió, en reuniones de trabajo con la secretaria
de Desarrollo Social del D.F., Raquel Sosa Elízaga, y con Ma. Guadalupe Lucio Gómez
Maqueo, directora general del IEMS, que dentro de las asignaturas a impartirse a los
jóvenes se contemplaran las clases de náhuatl. Esto se reforzó, pues una vez en funciones
la preparatoria, los estudiantes externaron al coordinador del plantel, su deseo de
que se diera una asignatura sobre lengua y cultura náhuatl.
La directora y la secretaria, con sensibilidad por las cuestiones étnicas, revisaron
la propuesta y consideraron pertinente dicha petición. Para ello, se definió que el
equipo de la Dirección Académica del IEMS, encabezado por su titular, la Lic. Miriam
Sánchez, fuera la instancia encargada de revisarla. Por parte de la comunidad, se
dispuso a un grupo de nahuahablantes encabezado por el maestro David Silva Galeana,13 de formación lingüista, para darle seguimiento. La solicitud de la comunidad era
la impartición de la lengua náhuatl durante todo el bachillerato, para lograr que
los estudiantes egresaran hablando y conociendo la estructura gramatical de la lengua
nativa y los aspectos que conformaban su cultura. El no solamente enseñarla como sistema
comunicativo, sino también invitar a la reflexión sobre el receptáculo cultural que
implica hablar una lengua. Por su parte, la directora académica sugería el impartírsela
a todos los estudiantes con deseos de aprenderla, e inclusive a la población abierta
en las instalaciones de la prepa, pero sin valor curricular, es decir, en la modalidad
de diplomados o talleres.
Bajo la anterior circunstancia, la comisión comunitaria encabezada por el maestro
David Silva Galeana manifestó su desacuerdo ante la Dirección Académica IEMS respecto
a la necesidad de ser contemplada la asignatura de Lengua y cultura náhuatl dentro del mapa curricular, pues implicaba diseñar un programa formal, con créditos,
horarios, asesorías, tutorías y docentes contratados. Finalmente, se acordó incluirla
como asignatura optativa a los estudiantes del tercer grado y solo se impartiría en
la preparatoria Emiliano Zapata de Milpa Alta. Esta asignatura podría ser elegida
entre las demás materias optativas ofertadas por la preparatoria en el área de humanidades.
Se solicitó al maestro David Silva Galea na, en su calidad de lingüista, encargarse
de elaborar una propuesta de programa para la asignatura en mención, con miras a poder
extenderla a Lengua y cultura náhuatl II, tomando en cuenta que las asignaturas solo se darían dos veces por semana durante
hora y media. Una vez logrado que el náhuatl se reconociera de manera oficial en una
escuela de la región, correspondía al maestro convencer a los estudiantes de nivel
medio superior el elegir esas asignaturas entre las otras posibles.
La escuela preparatoria fue inaugurada oficialmente el día 18 de noviembre del 2003
con el nombre de “Emiliano Zapata”. En los diarios de la ciudad se anunciaba: “Inaugura
gobierno una prepa bilingüe: ofrece educación en español y náhuatl en Milpa Alta”;14 pero la nota estaba muy alejada de la realidad, pues no era educación bilingüe y
distaba mucho de lo deseado por la comunidad: tener una escuela donde los jóvenes
aprendieran la lengua indígena desde su ingreso y hasta su egreso del bachillerato
y fueran competentes en su empleo. En el programa de la asignatura se manifestaba
que su enfoque resaltaría:
[…] el argumento para valorar el multiculturalismo, literatura e historia son válidos
también para toda lengua. Cada lengua es fundamental para la identidad personal, social
y ‘espiritual’ de sus hablantes. Todo pueblo experimenta su vida cultural e intelectual
por medio de su lengua, de sus oraciones, mitos, ceremonias, poesía, creencias, oratoria,
hasta de los saludos cotidianos […] Las lenguas indígenas presentan distintas maneras
de pensar, ver, actuar, concebir la realidad, la naturaleza y enfrentar sus problemas.
La pérdida de la diversidad lingüística significa la extinción de maneras de experimentar
y entender el mundo. (Gobierno de la Ciudad de México 2005, 1-2)15
Se buscaba establecer un puente entre los saberes comunitarios con el antiguo conocimiento
de los nahuas prehispánicos a partir de la lengua para el fortalecimiento de la identidad
y la revaloración de la lengua y así lograr su revitalización. Sin embargo, solo se
contaba con un profesor nahuahablante quien realizaba la labor de convencimiento para
que se inscribieran en la materia optativa, logrando por ello tener grupos con numerosos
estudiantes adolescentes deseosos de adentrarse en la lengua náhuatl de los diversos
pueblos de la entonces delegación Milpa Alta.
Por su parte, los pobladores de San Andrés Topilejo, en la Delegación Tlalpan, al
enterarse sobre el caso en la preparatoria de Milpa Alta, también demandaron cursos
de náhuatl para su preparatoria, por lo cual fue contratado un profesor de Tlacotenco
a quien se le encomendó dicha tarea.
En el año 2006, una nueva organización comunitaria denominada Academia de la Lengua
Náhuatl tuvo a bien organizar el Curso Clemente en Humanidades,16 a través de un convenio de colaboración entre dependencias como la UNAM, la Secretaría
de Desarrollo Social del Distrito Federal, bajo la asesoría académica de los investigadores
Dra. Sylvia S. Shorris y el Dr. Miguel León-Portilla. Dicho curso fue inaugurado el 25 de febrero de 2006, en Santa Ana Tlacotenco para nahuahablantes,
con y sin preparación académica, en el cual se impartirían durante varios meses materias
como: filosofía, literatura, historia, arte, agricultura, lingüística y traducción,
todos mediante la lengua y la visión cultural nahua. Se pidió a las autoridades del
IEMS, a través del secretario de Desarrollo Social, el Lic. Marcelo Ebrard, el poderse
utilizar la biblioteca de la recién inaugurada preparatoria del IEMS en Tlacotenco,
con el objetivo de llevar a cabo ahí los cursos sabatinos. Finalmente, como parte
del convenio de colaboración, se pidió a las autoridades del entonces Distrito Federal
que los egresados de este Curso Clemente pudieran incorporarse como profesores de asignatura para impartir la optativa de
Lengua y cultura náhuatl en las preparatorias del IEMS en la Ciudad de México. Los profesores egresados fueron
contratados para dicho encargo, además de haberse formado maestros quienes en la actualidad
laboran en la Escuela Nacional de Lenguas, Lingüística y Traducción de la UNAM. A
partir de este momento, comenzaron las clases de náhuatl en las dieciséis preparatorias
de la Ciudad de México para estudiantes del tercer año de la preparatoria, aunque
la asignatura dejó de impartirse en el 2023, pues despidieron a los profesores de
lengua náhuatl, contratados por honorarios, manteniendo solo la optativa en Tlalpan
y Milpa Alta, donde se había iniciado y donde los docentes estaban contratados de
manera permanente.
A pesar de haberse logrado la formación de algunos nahuahablantes como profesores,
la tarea no estaba concluida. En la comunidad se había mantenido un curso de enseñanza
de la lengua náhuatl, dirigido a la población adulta; sin embargo, era necesario restructurar
la forma de trabajo y generar un nuevo proyecto de revitalización lingüística del
náhuatl en la región de Milpa Alta. Ya habían pasado varias administraciones con jefes
delegacionales electos por la ciudadanía, procedentes de diversos partidos, en cuyos
programas de campaña anunciaban la lucha por la conservación de la lengua náhuatl,
y durante su gestión no habían generado un programa formal con presupuesto para fortalecerla.
La década de los años 2020 ha sido decisiva, por una parte, los nahuahablantes quienes
tuvieron al náhuatl como lengua materna, los nacidos en la década de los años 40,
tienen actualmente alrededor de 80 años y quedan muy pocos de ellos, por lo cual es
necesario aprovechar su conocimiento. En los últimos años, han surgido diversos colectivos,
los cuales mediante la organización de actividades diferentes (danza, música, edición
de textos, teatro, cine, ecología, entre otras) intentan preservar en el territorio
la lengua y la cultura de los pueblos originarios del Milpa Alta. Desde hace varios
años, se han abierto talleres de enseñanza de lengua náhuatl para niños, adolescentes
y adultos, en diferentes niveles.
No se ha soslayado la solicitud ante las diferentes instancias de gobierno respecto
a la necesidad de la enseñanza de la lengua indígena en las escuelas desde el nivel
básico en la región. Las autoridades locales, de la ciudad y federales siguen sin
atender las peticiones. Se han presentado proyectos de revitalización lingüística
a la alcaldía, a la jefatura de gobierno a la SEP, y al gobierno federal, INPI, sin
haberse encontrado eco en las demandas.
En el año 2018, se logró que el presidente de la República escuchara la petición,
y meses después informó, en una gira por Milpa Alta, que en esta alcaldía se construiría
la Universidad de las Lenguas Indígenas de México (ULIM). A partir de entonces, la
comunidad nahuahablante ha estado muy atenta a este aviso; sin embargo, existe el
temor de que en esta misma comunidad donde se construye la primera Universidad de
las Lenguas Indígenas de México, sea también el primer lugar donde desaparezca la
lengua indígena náhuatl, toda vez que no existe ninguna política de planeación para
la preservación de las lenguas indígenas en la Ciudad de México.